PROFESOR MARTIN SHAW
Grupo Socialista del Parlamento Europeo
La política global parte de la base de que el mundo está convirtiéndose en una sociedad donde las personas reconocen poseer cada vez más intereses comunes y valores compartidos. La política global también debe comenzar, no obstante, reconociendo las enormes diferencias de vida y de riqueza existentes, así como de cultura y política, que dividen al mundo.
Europa fue la cuna de la socialdemocracia, que en gran medida continúa siendo un movimiento europeo. Contribuyó a que se incorporaran los derechos sociales y económicos a los programas comunes de los movimientos democráticos europeos del siglo XIX y comienzos del XX. A finales del siglo XX, su labor más destacada ha sido la de mostrar el modo en que el bienestar social y económico puede internacionalizarse como parte del proceso de la integración europea.
La socialdemocracia no recibe un apoyo mayoritario a nivel mundial. La política socialdemócrata no sólo no ha logrado implantarse en Norteamérica, sino que tampoco cuenta con un número de adeptos en el mundo no occidental. Para que la socialdemocracia lleve a cabo verdaderamente una política global, no sólo debe encontrar modos de abordar los intereses de la mayoría de las personas del mundo no occidental, sino que debe lograr su apoyo. ¿Existe alguna posibilidad de que estas cuestiones puedan llevarse a la práctica?
Oportunidades y peligros
Desde un punto de vista histórico, existen oportunidades sin precedentes. La socialdemocracia ya no posee las limitaciones estratégicas a las que estuvo ligada durante la Guerra Fría; ya no se encuentra dividida entre los atlantistas, los neutralistas y quienes, de modo tácito, apoyaban el comunismo. El fin de los regímenes estalinistas en Europa –y en el futuro en China y otros países– unido a la eliminación de numerosas dictaduras militares anticomunistas han sentado unas bases sin precedentes para que la política democrática pueda implantarse en numerosos países pobres y de renta media de Asia, Latinoamérica y África. Por otro lado, el fin de la división creada por la Guerra Fría ha hecho mucho más factible el establecimiento de una política de cooperación en el ámbito mundial, y ha aportado un significado más genuino a las instituciones comunes internacionales.
Sin embargo, los tiempos que corren están llenos de peligros. Los cambios democráticos en los países no occidentales han ido acompañados de una política más nacionalista que socialdemócrata. El nacionalismo ha adoptado con frecuencia tendencias étnicas excluyentes. La violencia se ha propagado y, desde el 11 de septiembre, amenaza al propio mundo occidental. Las tendencias de la política en Occidente pronto han dejado de ser benignas. La hegemonía del centro-izquierda de finales de la década de los 90 ha comenzado a desaparecer, a medida que triunfaba la política agresiva de derechas en un país occidental tras otro. Las victorias de George W. Bush y de Silvio Berlusconi (con su coalición profundamente inaceptable) representaron una contundente advertencia, antes del reciente triunfo, aunque efímero, de Jean-Marie Le Pen.
Los efectos del 11 de septiembre, la "guerra contra el terrorismo" y la aparición ofensiva de Ariel Sharon, al menos a corto plazo, dañan en gran medida las perspectivas socialdemócratas. No sólo han estimulado a los partidos políticos islamistas en Oriente Próximo y en las comunidades musulmanas de Europa, sino que también han hecho aumentar el sentimiento de inseguridad en las sociedades occidentales, lo que provoca que el electorado sea una presa fácil para la derecha e incluso para la extrema derecha racista. Los partidos socialdemócratas que han perdido una gran parte del apoyo de las comunidades pobres de clase trabajadora tendrán dificultades en contrarrestar esta tendencia, como se ha demostrado en Francia. La tentación de competir en ser duro con los forasteros, como en la terrible referencia de David Blunkett a la "avalancha" ( swamping ), no favorecerá en modo alguno a los socialdemócratas. Este lenguaje permitió a Margaret Thatcher arrebatar los votos del Frente Nacional Británico en 1979, pero la izquierda no lo utilizará. Baja el artículo completo en formato .: 
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